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Obsolescencia programada, el fin de la humanidad

Una cuchilla de afeitar que ya no corta, una computadora tan lenta que desespera a quien la usa, una bombilla que se ha vuelto a fundir, la batería de un celular nuevo que apenas dura un día y se descarga, una baguette que al otro día no hay quien se coma, un pantalón blanco de marca cuya etiqueta ha desteñido al lavarlo manchándolo todo.


¿Es qué tenemos mala suerte o todo lo que nos venden es de mala calidad? ¿Por qué unos tomates tan bonitos o un queso tan fresco se han podrido en menos de una semana dentro del refrigerador? No, no es mala suerte, estamos asistiendo a uno de los males más terribles que jamás haya imaginado la humanidad, la obsolescencia programada.


Un joven trataba de imprimir un documento en su impresora que solo tenía unos meses, pero se dañó y no hubo forma de echarla a andar. Como la había comprado muy barata consideró innecesario pagar por una garantía extra, así es que este joven se fue a la tienda para hacer valer la garantía de un año que traen todos los productos nuevos y cuál no fue su sorpresa: ¡La garantía se había vencido el día anterior!


¿Fue nuevamente mala suerte, o es que la impresora estaba programada para romperse después de un año? En la tienda le dijeron que arreglarla costaba más que comprar una nueva. Y así pasó a formar parte de las 8 impresoras que ese joven guardaba en el sótano de su apartamento y que por una extraña razón nunca había querido tirar. Y es que en el mundo se generan cada día 7 millones de toneladas de desechos que están convirtiendo nuestro hermoso hogar terrestre en un asqueroso vertedero del que no podremos escapar ilesos. ¿Será el fin de la humanidad?


La gran culpable, la obsolescencia programada, es una práctica deliberadamente descarada de las empresas para obligarnos a comprar, tirar y comprar para llenar sus bolsillos cada vez más sin el más mínimo reparo en el daño que esto puede causar a la naturaleza.

Lo cierto es que somos víctimas de una sociedad de consumo que como una telaraña nos atrapa en sus redes y no nos deja escapar. Atrás quedaron los tiempos en que un auto duraba muchos años, ahora todo se produce para que se rompa pronto y comprar otro, pero no todo el mundo está dispuesto a renovar lo que tiene y no todo se puede programar para que se rompa como hicieron con la impresora de este joven. Por eso la obsolescencia programada ha tomado una nueva dimensión: “La última moda”



¿Para qué tener un auto viejo si se puede tener uno nuevo? Además, en tres años ya no estará a la moda y habrá que tener otro y otro. Cambiar de teléfono cada año, de computadora, de televisor, de muebles y sobre todo de ropa, porque lo que no se lleva, pues no se lleva. De todas formas, ya alguien se ha encargado de decirnos que lo que tiramos se puede reciclar y que ¡no hay riesgo alguno para el medioambiente!


Y a pesar de que algunos entonan "el mea culpa", no terminan de entender que son una víctima más. Una adicción secreta al consumo que nadie reconoce, pero que el 90 % de la sociedad occidental padece y el resto del mundo está loco por padecer. Una locura que nos lleva a cambiar de teléfono móvil cada año, por tan solo poner un ejemplo.


Pero a todos les dejó de funcionar la batería de su teléfono, incluso el último, ya hay que cargarlo más de una vez al día para que no le deje tirado. Porque el móvil ha llegado a ser un órgano más del cuerpo. Las baterías o acumuladores de plomo es un invento que remonta a 1889. Debido a su elevado contenido de plomo implica un grave peligro para el ser humano y para el medio ambiente.


“Respirar polvo o emanaciones de vapor de este metal puede provocar graves perturbaciones para la salud, incluida la muerte, además de perjudicar el entorno”, advierte el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.


Según los cálculos de este organismo internacional, de los 2,5 millones de toneladas de plomo que se generan anualmente en todo el mundo, tres cuartas partes sirven para la fabricación de baterías, que se utilizan en automóviles, teléfonos y computadoras portátiles o en las industrias.


Pero las baterías son un negocio redondo, se descargan y hay que comprar otra, ¿para que inventar una batería que dure muchísimo? Eso no da dinero. Y si es recargable, entonces que no lo sea por mucho tiempo. Como la impresora que buscando en Internet una solución este joven descubrió que tenía un chip encargado de que dejase de funcionar.


¿Qué pasaría si alguien entra en una tienda y sale por la puerta sin pagar con una impresora en manos? La reacción no se haría esperar, le llamarían a la policía por tratar de estafar al fabricante robándole uno de sus productos. Y la pregunta es: ¿Quién le llamará la policía a fabricante por haber estafado a este joven colocando un chip en su impresora para que dejara de funcionar?